lunes, 12 de mayo de 2008

LOS CINCO SENTIDOS DE VISCONTI



MUERTE EN VENECIA


La belleza, en la vida, es para ‘vivirla’. No podemos pasar por ella sin al menos percibirla, sentirla, verla, oírla… aunque sea una vez.
El descubrimiento de la belleza cinematográfica es un hito para quien no ha tenido ocasión de apreciarla. Y Muerte en Venecia es un referente que hay que ver antes de irnos…
No debemos tener miedo a pensar que sea una película lenta, aburrida y sin sentido. Si tenemos miedo no podremos verla con felicidad, pues la felicidad es la ausencia de miedo.
Por lo tanto, acomodémonos y abramos nuestros cinco sentidos a la historia de un artista en busca de la belleza, de la perfección, de la sublimación del arte.

El origen de este film debemos buscarlo en la obra de un escritor excepcional de principios del siglo recién pasado, Thomas Mann (1875-1955). Mann describió, de manera intensa, los sentimientos, las emociones, las pasiones de un escritor en busca de la belleza. Ello le llevará a profundas turbaciones al encontrar en un joven muchacho la perfección del arte “in vivo”. En él halló al David de Miguel Ángel, lo siguió obsesivamente, se avergonzó de pensar que pudieran confundirle con un homosexual, él solo buscaba el arte, las formas y la belleza.
La película no es de homosexualidad. Pero, en el siglo pasado, donde se sitúa la historia, ¿dónde estaba el límite entre observar la belleza y la homosexualidad? El artista solo miraba el arte. Y el arte estaba encarnado en aquel adolescente.

Visconti, consciente de la dificultad de plasmar los pensamientos y azoramientos del escritor, decide, en la película, convertirlo en músico. De esta manera era más palpable y manejable el argumento.
Pero lo cierto es que Visconti era sabedor de que Mann era íntimo amigo de Gustav Mahler, y que Mann escribió Muerte en Venecia pensando realmente en Mahler, aunque no lo hizo por pudor. Por lo tanto Visconti decidió recuperar la historia, la historia misma, y Gustav Mahler, se convirtió en Gustav von Aschenbach, el protagonista de la película, encarnado magistralmente por un Dick Bogarde único.

De esta manera entramos en el sentido del oído.
Oír aquí a Mahler es entenderlo. En el film fluye la suavidad y la ternura del Adagietto de su 5ª Sinfonía. Y Visconti, obsequió al espectador con los profundos sentimientos de este Adagietto, en corcondancia absoluta con el personaje.

Uno de los innumerables detalles de la película: en la interpretación de Bogarde no se pierdan la secuencia del desespero de Aschenbach recostado en la fuente de la placita veneciana, enfermo y enfermo del alma por la turbación que le producía la expectación de la perfección del muchacho. Aschenbach llora y ríe de dolor y desesperanza.
Pues el mérito de esta escena es que no estaba prevista en el guión, al menos tal como se desarrolló. Dick Bogarde, metido de lleno en su personaje, se emocionó y se dejó llevar por los sentimientos del artista. Visconti, como director y también artista consumado, dejó plena libertad a Bogarde, y la escena se rodó tal cual.


El sentido de la vista es absoluto. En el color (Visconti esperaba el momento del día en que el color era el adecuado para la escena que quería rodar). En los paisajes, (el despertar del alba con las brumas de la laguna veneciana, que parece un cuadro de Turner; los retratos de época en la playa, otro de Monet). En la sutileza de los travellings semicirculares, de los zooms que “hablan solos” (no existe en toda la película el típico plano de respuesta al otro). En el fastuoso vestuario de la época, que representa a la clase burguesa alta, y su meticulosidad en la puesta en escena (Visconti no perdía detalle; todo, absolutamente todo estaba supervisado por él). En el trabajo de las cámaras, que a través de sus objetivos nos muestran todo el esplendor y decadencia de una época. El juego que Visconti hace con el teleobjetivo, y su intencionada falta de profundidad de plano, durante la escena de la pasarela camino a la playa, muestra la distancia no distante que hay entre Gustav el artista, y Tadzio el adolescente.

El olfato. En Venecia acecha la peste. Se pueden “oler” las rociadas de líquidos supuestamente, en aquella época, desinfectantes. Venecia esta herida, pero la sociedad veneciana le puede la codicia. Esconden la peste de cara a los turistas. La decadencia esta ahí.
Pero también se puede sentir el calor del ‘siroco’, el olor característico de las playas, el ambiente perfumado de los salones del hotel…

El gusto por lo exquisito está representado en las largas, pero significativas escenas en el restaurante y salones del Hotel des Bains (reconstruido expresamente para la película) en la playa del Lido. Los vestidos, los sombreros de la época, los muebles, los jarrones, el ‘atrezzo’ en sí mismo. La delicadeza del personal con los huéspedes del hotel, destacando en estos la elegante amabilidad sobrepuesta que el elevado nivel de vida imponía. Todo, absolutamente todo el detalle de la alta sociedad burguesa europea.

Y el tacto. Pensarán si hay tocamientos. En absoluto. Aschenbach establece con la belleza un profundo y respetuoso amor platónico. Entre Gustav y Tadzio no hay, ni siquiera, intercambio de palabras. (Aunque con la observación de la belleza del adolescente surge una sexualidad, sexualidad contenida en la misma belleza, pero también surge la contención, por esto Gustav se ruborizaba. Es sencillo, la belleza es unisex, y puede sentirse con tanta intensidad entre hombres como entre mujeres. En el argumento no hay homosexualidad, aunque puede haber algún repunte muy enmascarado. Marta Bertrán)
El tacto de Visconti, en el sentido de la delicadeza en desentrañar la historia y en adaptar la novela de Mann, es proverbial. Por ejemplo, la escena en que Aschenbach rejuvenece, dejándose caer en manos del barbero, es el deseo de reflejar la felicidad al descubrir las belleza, y ponerse a su altura. Pero también es el reflejo de la decadencia, de la caída, del fin.
Visconti, en aras de plasmar la esencia de la novela de Mann, se inventa un personaje, Alfried, con el que Aschenbach dialoga sobre las virtudes de la belleza y su enfermiza obsesión sobre la perfección. Así evita monólogos inapropiados.

Ahora bien, debo resaltar un aspecto no comentado. En una época en que la religión estaba presente en todos los ámbitos, Visconti se limita a hablar de la belleza y de la bendición de haberla visto antes de la muerte. No habla de Dios. ¿Daba por supuesto ya de la inexistencia de este?


Muerte en Venecia es una película imprescindible para estimular los sentidos artísticos que cada uno de nosotros llevamos en un rinconcito de nuestra alma.
Verla hay que verla, independientemente del valor que se le quiera dar, de que guste más o guste menos. ¿Querrán perdérsela?

Existe una edición en DVD para coleccionistas, a un precio razonable, que incluye dos DVD’s en la que se explican interesantes detalles fílmicos y artísticos. En Internet:
www.fnac.es

Si desean profundizar más lean la novela Muerte en Venecia, de Thomas Mann, y compárenla con la magistral versión que Luchino Visconti ha hecho de esta obra.

Luego lean las diferentes críticas, en sus diferentes aspectos que se han hecho de ambas obras, y del conjunto de la obra en sí. Pero hay que destacar un hecho: por encima de los innumerables críticos a favor o en contra, cuenta la opinión de Golo Mann, el hijo de Thomas Mann, que reconoció que la película de Visconti, es la esencia misma de la novela de su padre. Para el director, esto fue de más valor que los mismísimos premios recibidos en Cannes.

Visconti es tan creador y artista como Mann.
Visconti, uno de los prominentes directores de cine del neorrealismo italiano, es un virtuoso que logra aumentar y ensalzar aún más, la belleza de la obra de Mann, creando en esta película una obra de arte para los cinco sentidos.

Valoración: 5 sobre 5
Juan Bertrán Brotons
11/05/2008
Año de producción: 1971. Dirección: Luchino Visconti. Intérpretes: Dirk Bogarde, Romolo Valli, Mark Burns, Nora Ricci, Marisa Berenson, Björn Andrésen, Carole André, Silvana Mangano. Guión: Luchino Visconti, Nicola Badalucco. Música: Gustav Mahler. Fotografía: Pasqualino De Santis
Distribuye en DVD: Warner




2 comentarios:

Anónimo dijo...

La verdad es que su manera de describir el cine, es inusualmente clara y rompedora.
Por su manera de escribir, percibo la alegria y felicidad que usted posee, la recibo y me agrada pensar que en el mundo hay personas como usted, que hacen que la vida se vea desde otra perspectiva, más feliz.
El positivismo fue un movimiento literario de antaño, el cual es puramente precioso.
Espero leer muchas más críticas, suyas sobre cine.
Atentamente,
Un gran admirador suyo.

Juan Bertrán dijo...

Gracias, sinceramente muchas gracias. Esto me da ánimos para seguir transmitiendo mis sentimientos sobre el significado de los films, que, al fin y al cabo, es el de la vida misma.
Su comentario me hace recordar una memorable película, de las que te hacen subir el nudo en la garganta: "La vida es bella" de Benigni. ¿Es así?. Un abrazo.