viernes, 6 de junio de 2008

DUELO, de Steven Spielberg

El suspense está servido…

DUELO * El diablo sobre ruedas
de Steven Spielberg

* Para ver la película completa pulsa aquí en:
Duel, o en: http://video.google.es/videoplay?docid=5370479393460637420&q=duel&total=36541&start=0&num=10&so=0&type=search&plindex=0

Más turbadora que una película de terror. Es de una angustia extrema. Opresora. Te hace sentir con una impotencia de tal magnitud que echarías a correr de la sala de cine. Pero no puedes, estás atrapado por la tensión de la incertidumbre ¿qué va a pasar?
Spielberg hace que el espectador se sienta implicado, como si el protagonista fuera él mismo. Como si el espectador mismo estuviera en la carretera bajo una persecución implacable, asesina, obsesiva de un camión amenazador, monstruoso. -¡Ya está otra vez detrás, cómo escapar! !Ayuda…¡ -piensa el espectador- ¿Cómo saldría yo de esta, si me pasara a mí…?

Sí, Spielberg hizo una obra maestra del suspense. Prolífico director de los más diversos géneros de cine (ficción, suspense, aventuras, históricas, etc.), nos presenta aquí la persecución implacable de un loco camionero (que ni si quiera aparece en la pantalla, logrando así más angustia del perseguido y del espectador; recordad la escena en la cafetería buscando quién es el camionero) contra un conductor normal y corriente, algo timorato, sentado correctamente con las dos manos en el volante (Spielberg cuida hasta estos detalles), que usa su estimado y cuidado automóvil para su trabajo, conduciendo sin riesgos, coche limpio y cinturón de seguridad abrochado. Pero de viaje por la carretera se encuentra acechado por un camión(ero) paranoico… En este film no hay ficción. Todo es posible.

Las tomas más significativas de la película: las del morro del mastodóntico camión, el amenazante morro siempre al acecho.
Los primerísimos planos en movimiento del veloz camión, crean tensión y zozobra.
El uso de la jirafa móvil y la cámara fija en el morro o en la parte trasera de los vehículos es constante en este film de Spielberg, rodado en 1971, con en director de fotografía Jack A. Marta.

Esta película podría ser muda, pues no hay diálogos significativos. Sin saber inglés puedes entenderla perfectamente, porque en este film hablan las imágenes, las tomas, los planos, la puesta en escena.
El espectador siente el olor del humo del camión, lo huele.
El agobiante calor, que va aumentando con la tensión, se refleja constantemente (pero sin exagerar) en el rostro del acechado automovilista, David Mann, encarnado por Dennis Weaver.

En la fatalista escena en que a este, subiendo la cuesta, se le “rompe” el motor, Spielberg hace tomas fijas y rápidas del velocímetro, del amperímetro y de la alarma del aceite, para alternarlas con el humo de su motor gripado; lo cual, sin mediar palabra, hace entender al espectador el momento crítico en que David no puede parar el coche, porque el camión le persigue, y debe llegar al final de la cuesta para poder iniciar velozmente la bajada en punto muerto (el director capta la “N”, de marcha neutral, en una toma fija de unos pocos segundos) y procurar escapar de él. El drama está servido.

No hay pérdida de ritmo en la película. En los momentos de descanso del angustiado automovilista, o cuando este piensa que se ha deshecho del camión, Spielberg, con la música o con ruidos lejanos de motores (que no siempre son del camión), hace planear el suspense en el ambiente, lo cual da continuidad al ritmo del film.

Una película de infarto, no apta para cardíacos, que te mantiene en una ansiedad constante. De tal manera que cuando aparecen los títulos de los créditos finales, caes abatido en la butaca, y con un profundo respiro piensas: por fin, ya se ha acabado. ¡Uff!...

Genial film por su peculiar originalidad, y por las características reseñadas en este artículo: suspense, tensión, ritmo y acción, conseguidos con toda la profesionalidad de un maestro del arte cinematográfico como Steven Spielberg.

Valoración *****

Juan Bertrán
04/06/2008

viernes, 23 de mayo de 2008

BALANCE


Un corto que perdurará
BALANCE


Un impecable filme de animación, que con una estética simplista estudia el comportamiento humano en cuanto a la codicia.

Situados encima de una plataforma sustentada en el vacío -la humanidad está en el vacío del universo- y en un frágil equilibrio de subsistencia, cinco humanoides representan con sus actitudes y movimientos la esencia de uno de los 7 pecados capitales.

Los humanoides, dibujados en cada situación con un expresivo rostro “sin rostro”, somos nosotros, números en una sociedad impersonal, que nos imitamos, por envidia, los unos a los otros.
Cuando aparece el tesoro en escena, representada por una caja de apertura incógnita, es cuando cada uno de ellos se mueve sin compasión, en un inteligente juego de situaciones, para arrebatárselo al otro.
Esto, qué es sino que la representación misma de la sociedad y sus circunstancias.

Es un corto, de expresión fría, pero de intenso dramatismo. Hace recapacitar sobre nosotros mismos. Y al final, el fracaso, la soledad, la soledad después de matar, que conlleva a la no subsistencia del ser humano… ¿desdichados humanos o simples humanoides en el vacío estelar?

Este corto, representación de los infravalores humanos, está acompañado de una particular banda sonora, donde únicamente se oyen ruidos y tenebrosas percusiones en el vacío.

Esta es la perspectiva en el visionado a día de hoy, pero también debemos situarnos en los miedos que surgían en los tiempos en que se realizó este filme, 1990.
El derribo del muro de Berlín, la reunificación de las dos alemanias, la secesión de las repúblicas de la URSS, la caída del comunismo; todo ello suponía un temor del futuro de la sociedad, en especial de la alemana occidental. Con la fusión alemana la riqueza debería repartirse en este “nuevo” país y ello acrecentaba los temores.

Los humanoides, con el número marcado en la espalda podían representar perfectamente a la impersonal sociedad alemana oriental a la búsqueda del tesoro occidental. El corto, rodado en aquel año tenía, sin lugar a dudas, su sentido particular.

Todo es vacío, todo es frío, pero con gran sentido y brillante lectura en esta premiada obra de Wolfgang y Christopher Lauenstein realizada en Berlín el año 1990.

Los responsables de ella, los hermanos Lauenstein, son fundadores de la compañía de producciones filmográficas Lauenstein & Lauenstein, y consiguieron ganar, por medio de Balance, el Óscar de la Academia al mejor corto de animación.
Estos gemelos alemanes combinan técnicas de animación de arcilla, marionetas y realización por computadora, para producir obras como la comentada, y muchas otras. Han llegado a producir propagandas televisivas para
MTV, Coca-Cola e incluso Nike.

Sin lugar a dudas, este corto tiene una visión que perdurará inmutable en la oscuridad de los tiempos, la temática del mismo es inmortal, la realización, impecable.


Juan Bertrán Brotons
08/08/2008

martes, 13 de mayo de 2008

LA BANDA NOS VISITA


Una visión diferente de la realidad árabe israelí

LA BANDA NOS VISITA

de Eran Kolirin



La historia de una banda de música
egipcia perdida en un pueblo israelí







La Banda nos visita es una desintoxicante comedia europea sin los cansinos gags a la americana. Toda ella es un gag. La simplicidad de sus diálogos remarca la sencillez de sus personajes y sus intimidades.
Y es que en cierta ocasión, no hace mucho una pequeña banda de músicos integrada por policías egipcios viajó a Israel. Fueron a tocar en una ceremonia de inauguración, pero debido a la burocracia, la mala suerte o cualquier otro motivo, se quedaron perdidos en el aeropuerto. Trataron de arreglárselas por sí solos, pero se encontraron extraviados en una pequeña ciudad israelí, casi desolada, casi olvidada. Una banda perdida en una ciudad perdida.
Un hecho que pasó inadvertido Tampoco fue tan importante…

Pero lo interesante del filme es cómo está contado, y la manera con que se plasma toda la sencilla historia para que llegue al espectador el mensaje que su director y guionista israelí Eran Kolirin (1973) quiere hacer llegar: el retrato de la humildad, sus rostros y sus expresiones, en clave simpática, de la gente que vive alejada de la guerra, de los políticos y de los conflictos. De la gente que, sencillamente, sobrevive en un pueblo rutinario, donde de repente se encuentra ante seres de otra cultura; de cultura, por más, respetuosa con los demás.

Los personajes de la banda egipcia, se encuentran extraviados en otro mundo, pero quieren dar ejemplo de su educación y de sus principios universales de convivencia. Tewfiq (Sasson Gabai, Rambo III, No sin mi hija) es el director de orquesta que reprende a sus músicos como si fueran sus hijos, el resto de la pequeña banda lo soporta sin rencor. Pero la ausencia de rencor se refleja también para con la otra cultura, la israelí, tan diferente a la suya.

La timidez de los integrantes de la banda choca con la moderna sociedad occidental hebrea, una sociedad sin tapujos, un país donde hace ya hace tiempo que olvidaron las convenciones y las costumbres tradicionales, un país de Mc Donals, de cincuenta mil canales de TV…
Recuerda la solitaria y por más soltera Dina (Ronit Elkabetz, The appointed), “que cuando era niña solían ver película egipcias. Los viernes por la tarde veíamos con aliento entrecortado aquellas tramas enredadas, los amores imposibles y la pena desgarradora de Omar Sharif, Páten Hamaca, y el resto de aquella gente en el único canal de televisión que el país tenía”.
“Se trataba de un hábito bastante frecuente en las familias israelíes allá por inicios de la década de los 80, pero realmente eso era raro en una nación que llevaba la mitad de su existencia en estado de guerra con Egipto, y la otra mitad en una especie de paz fría, distante, con sus vecinos del sur” expresaba su director en una entrevista. Harto curioso, propio de las sociedades que se han olvidado de ellas mismas. Harto interesante cuando la situación se sitúa y está rodada a día de hoy (2007).

Los personajes, gente humilde, viven su vida, sus problemas cotidianos y miran de tapar los conflictos vividos entre sus naciones. Es interesante la escena en la cual uno de los músicos egipcios, sentado en el bar, cuelga su gorra en la pared tapando la fotografía de un tanque abatido de la guerra egipcio-israelí.

Eran Kolirin quiere, con este film hacer un canto a la convivencia entre diferentes culturas mediante el respeto y la comprensión.

Un hecho anecdótico. Este film no pudo ser seleccionado como aspirante a Mejor Película de habla no inglesa de la Academia por no cumplir los requisitos que exigen en ella en cuanto al máximo de porcentaje de diálogos en inglés. Y ciertamente, una gran parte de la película se habla en inglés, pues es así, en la realidad, como se pueden entender egipcios e israelíes. Otra parte de los diálogos son en árabe y la otra en hebreo.

Pero el reconocimiento se hizo con el Premio Europeo al Descubrimiento del Año/Mejor actor (Sasson Gabai), 2007; Premio “Pilar Miró” al Mejor Nuevo Director/Mejor Guión en el Festival Internacional de cine de Valladolid 2007. Gran triunfadora en el Festival de Tokio, y continúa su éxito internacional, con otros premios otorgados.

Un hecho polémico. Aunque como se ha dicho, la película aboga por la convivencia árabe-israelí, la Asociación de Actores Egipcios la ha boicoteado por ser “israelí”. Qué le vamos a hacer…

Juan Bertrán Brotons
14/04/2008



Título Original: Bikur Hatizmoret - The Band´s Visit
Género: Comedia
Duración: 90 minutos
Año: 2007
País: Israel
Fotografía: Shai Goldman
Música: Habib Shadah
Guión: Eran Kolirin
Director: Eran Kolirin Intérpretes: Saleh Bakri, Ronit Elkabetz, Sasson Gabai, Uri Gavriel, Imad Jabarin
Fecha de estreno: 11-04-2008

lunes, 12 de mayo de 2008

LOS CINCO SENTIDOS DE VISCONTI



MUERTE EN VENECIA


La belleza, en la vida, es para ‘vivirla’. No podemos pasar por ella sin al menos percibirla, sentirla, verla, oírla… aunque sea una vez.
El descubrimiento de la belleza cinematográfica es un hito para quien no ha tenido ocasión de apreciarla. Y Muerte en Venecia es un referente que hay que ver antes de irnos…
No debemos tener miedo a pensar que sea una película lenta, aburrida y sin sentido. Si tenemos miedo no podremos verla con felicidad, pues la felicidad es la ausencia de miedo.
Por lo tanto, acomodémonos y abramos nuestros cinco sentidos a la historia de un artista en busca de la belleza, de la perfección, de la sublimación del arte.

El origen de este film debemos buscarlo en la obra de un escritor excepcional de principios del siglo recién pasado, Thomas Mann (1875-1955). Mann describió, de manera intensa, los sentimientos, las emociones, las pasiones de un escritor en busca de la belleza. Ello le llevará a profundas turbaciones al encontrar en un joven muchacho la perfección del arte “in vivo”. En él halló al David de Miguel Ángel, lo siguió obsesivamente, se avergonzó de pensar que pudieran confundirle con un homosexual, él solo buscaba el arte, las formas y la belleza.
La película no es de homosexualidad. Pero, en el siglo pasado, donde se sitúa la historia, ¿dónde estaba el límite entre observar la belleza y la homosexualidad? El artista solo miraba el arte. Y el arte estaba encarnado en aquel adolescente.

Visconti, consciente de la dificultad de plasmar los pensamientos y azoramientos del escritor, decide, en la película, convertirlo en músico. De esta manera era más palpable y manejable el argumento.
Pero lo cierto es que Visconti era sabedor de que Mann era íntimo amigo de Gustav Mahler, y que Mann escribió Muerte en Venecia pensando realmente en Mahler, aunque no lo hizo por pudor. Por lo tanto Visconti decidió recuperar la historia, la historia misma, y Gustav Mahler, se convirtió en Gustav von Aschenbach, el protagonista de la película, encarnado magistralmente por un Dick Bogarde único.

De esta manera entramos en el sentido del oído.
Oír aquí a Mahler es entenderlo. En el film fluye la suavidad y la ternura del Adagietto de su 5ª Sinfonía. Y Visconti, obsequió al espectador con los profundos sentimientos de este Adagietto, en corcondancia absoluta con el personaje.

Uno de los innumerables detalles de la película: en la interpretación de Bogarde no se pierdan la secuencia del desespero de Aschenbach recostado en la fuente de la placita veneciana, enfermo y enfermo del alma por la turbación que le producía la expectación de la perfección del muchacho. Aschenbach llora y ríe de dolor y desesperanza.
Pues el mérito de esta escena es que no estaba prevista en el guión, al menos tal como se desarrolló. Dick Bogarde, metido de lleno en su personaje, se emocionó y se dejó llevar por los sentimientos del artista. Visconti, como director y también artista consumado, dejó plena libertad a Bogarde, y la escena se rodó tal cual.


El sentido de la vista es absoluto. En el color (Visconti esperaba el momento del día en que el color era el adecuado para la escena que quería rodar). En los paisajes, (el despertar del alba con las brumas de la laguna veneciana, que parece un cuadro de Turner; los retratos de época en la playa, otro de Monet). En la sutileza de los travellings semicirculares, de los zooms que “hablan solos” (no existe en toda la película el típico plano de respuesta al otro). En el fastuoso vestuario de la época, que representa a la clase burguesa alta, y su meticulosidad en la puesta en escena (Visconti no perdía detalle; todo, absolutamente todo estaba supervisado por él). En el trabajo de las cámaras, que a través de sus objetivos nos muestran todo el esplendor y decadencia de una época. El juego que Visconti hace con el teleobjetivo, y su intencionada falta de profundidad de plano, durante la escena de la pasarela camino a la playa, muestra la distancia no distante que hay entre Gustav el artista, y Tadzio el adolescente.

El olfato. En Venecia acecha la peste. Se pueden “oler” las rociadas de líquidos supuestamente, en aquella época, desinfectantes. Venecia esta herida, pero la sociedad veneciana le puede la codicia. Esconden la peste de cara a los turistas. La decadencia esta ahí.
Pero también se puede sentir el calor del ‘siroco’, el olor característico de las playas, el ambiente perfumado de los salones del hotel…

El gusto por lo exquisito está representado en las largas, pero significativas escenas en el restaurante y salones del Hotel des Bains (reconstruido expresamente para la película) en la playa del Lido. Los vestidos, los sombreros de la época, los muebles, los jarrones, el ‘atrezzo’ en sí mismo. La delicadeza del personal con los huéspedes del hotel, destacando en estos la elegante amabilidad sobrepuesta que el elevado nivel de vida imponía. Todo, absolutamente todo el detalle de la alta sociedad burguesa europea.

Y el tacto. Pensarán si hay tocamientos. En absoluto. Aschenbach establece con la belleza un profundo y respetuoso amor platónico. Entre Gustav y Tadzio no hay, ni siquiera, intercambio de palabras. (Aunque con la observación de la belleza del adolescente surge una sexualidad, sexualidad contenida en la misma belleza, pero también surge la contención, por esto Gustav se ruborizaba. Es sencillo, la belleza es unisex, y puede sentirse con tanta intensidad entre hombres como entre mujeres. En el argumento no hay homosexualidad, aunque puede haber algún repunte muy enmascarado. Marta Bertrán)
El tacto de Visconti, en el sentido de la delicadeza en desentrañar la historia y en adaptar la novela de Mann, es proverbial. Por ejemplo, la escena en que Aschenbach rejuvenece, dejándose caer en manos del barbero, es el deseo de reflejar la felicidad al descubrir las belleza, y ponerse a su altura. Pero también es el reflejo de la decadencia, de la caída, del fin.
Visconti, en aras de plasmar la esencia de la novela de Mann, se inventa un personaje, Alfried, con el que Aschenbach dialoga sobre las virtudes de la belleza y su enfermiza obsesión sobre la perfección. Así evita monólogos inapropiados.

Ahora bien, debo resaltar un aspecto no comentado. En una época en que la religión estaba presente en todos los ámbitos, Visconti se limita a hablar de la belleza y de la bendición de haberla visto antes de la muerte. No habla de Dios. ¿Daba por supuesto ya de la inexistencia de este?


Muerte en Venecia es una película imprescindible para estimular los sentidos artísticos que cada uno de nosotros llevamos en un rinconcito de nuestra alma.
Verla hay que verla, independientemente del valor que se le quiera dar, de que guste más o guste menos. ¿Querrán perdérsela?

Existe una edición en DVD para coleccionistas, a un precio razonable, que incluye dos DVD’s en la que se explican interesantes detalles fílmicos y artísticos. En Internet:
www.fnac.es

Si desean profundizar más lean la novela Muerte en Venecia, de Thomas Mann, y compárenla con la magistral versión que Luchino Visconti ha hecho de esta obra.

Luego lean las diferentes críticas, en sus diferentes aspectos que se han hecho de ambas obras, y del conjunto de la obra en sí. Pero hay que destacar un hecho: por encima de los innumerables críticos a favor o en contra, cuenta la opinión de Golo Mann, el hijo de Thomas Mann, que reconoció que la película de Visconti, es la esencia misma de la novela de su padre. Para el director, esto fue de más valor que los mismísimos premios recibidos en Cannes.

Visconti es tan creador y artista como Mann.
Visconti, uno de los prominentes directores de cine del neorrealismo italiano, es un virtuoso que logra aumentar y ensalzar aún más, la belleza de la obra de Mann, creando en esta película una obra de arte para los cinco sentidos.

Valoración: 5 sobre 5
Juan Bertrán Brotons
11/05/2008
Año de producción: 1971. Dirección: Luchino Visconti. Intérpretes: Dirk Bogarde, Romolo Valli, Mark Burns, Nora Ricci, Marisa Berenson, Björn Andrésen, Carole André, Silvana Mangano. Guión: Luchino Visconti, Nicola Badalucco. Música: Gustav Mahler. Fotografía: Pasqualino De Santis
Distribuye en DVD: Warner